Familia que come unida permanece fácilmente unida.
Alimentarse no es solo nutrir el cuerpo, sino generar espacios de relación, de
afecto, que fortalece los vínculos familiares. Y ayuda a conocerse mejor, a
descubrir pronto esas carencias que gritan en silencio la necesidad de ayuda.
Incluso más: parece comprobado que el ritual de las comidas compartidas ayuda a
prevenir adicciones en los adolescentes. Y es lógico: un niño o joven se siente
más protegido y querido cuando encuentra un espacio para compartir sus logros o
dificultades, sus temores o sus expectativas.
Cuando tiene a quien contar sus días de alegría y sus ratos
de tristeza. Al tiempo que recibe consejos, cariño, confianza, mientras aprende
buenos modales. La convivencia enriquece además el vocabulario. Es un excelente
combustible afectivo, para conseguir en los hijos un equilibrio emocional, que
los vacuna contra la inestabilidad de la adolescencia y los influjos deletéreos
e irresponsables de algunos medios de comunicación.
Esa reunión familiar diaria, incluso con los más pequeños,
genera en ellos una gran tranquilidad también ahora, cuando el fantasma de la
separación está presente en tantos niños que conviven con compañeros cuyos
padres ya no viven juntos, y manifiestan en tantas formas la carencia de afecto
y el drama de un amor familiar roto.
Fuente: El Heraldo - Javier
Abad Gómez
