4/11/11

EL COMPORTAMIENTO DE LOS NIÑOS

Carlitos (nombre ficticio) es un niño de 11 años de edad, cariñoso, muy conversador e inteligente. Le encanta montar en bicicleta, comer en “fast foods”, correr patines y jugar con sus amiguitos. Siempre ha sido así. Sin embargo, de repente se le observaba triste, solo y sin deseos de jugar ni comer.


Su comportamiento había cambiado tanto que peleaba a cada rato, se ausentaba de las clases y hasta las notas en la escuela bajó. Un día, mientras Carlitos se encontraba solo, agachado en un rincón luego de almorzar en el comedor de la escuela, su maestra de ciencias intentó hablar con él para saber qué le pasaba. Inicialmente, su actitud fue hostil y de rechazo, pero tras su insistencia, éste comenzó a llorar desconsoladamente e intentó entre lágrimas explicar su dolor.

De hecho, entre sollozos expresó que no quería vivir más y que nadie lo quería. Sorprendida ante lo ocurrido, la maestra lo abrazó hasta que el niño se calmó. Un poco más tranquilo, Carlitos se desahogó, le habló sobre sus preocupaciones y expresó todo lo que sentía dentro de su corazón.

No sabemos en su a ciencia cierta lo que realmente aquejaba a Carlitos, pero sí que tenía un problema que lo agobiaba y entristecía. Sin embargo, afortunadamente su maestra de ciencias supo escucharlo a tiempo y brindarle algunos consejos que le hicieran valorar la vida y sentir mejor, evitando así cualquier acto que fuera en detrimento de su salud física y emocional.

Historias como la de Carlitos ocurren a diario en nuestra Isla. Los niños, al igual que cualquier persona adulta, experimentan tristeza, decepción y soledad, sobre todo a medida que van creciendo, ya que confrontan situaciones difíciles, tales como peleas con los amigos, mejorar notas escolares, negación de permisos, situaciones con los padres o hermanos y otras típicas de su edad.

Los niños no poseen aún las destrezas necesarias para manejar ciertas situaciones y se desesperan; asumiendo en ocasiones comportamientos agresivos, depresión y en el peor de los escenarios, conductas suicidas. En la infancia los factores de riesgo debemos detectarlos, principalmente, en el medio familiar en el que vive el menor. El clima emocional en el cual convive es sumamente importante.

Un hogar roto, con discusiones y peleas frecuentes entre los padres, el maltrato físico al niño o el psicológico en forma de rechazo manifiesto y humillaciones, pueden ser un caldo de cultivo para la realización de un acto suicida. Muchas veces, la violencia en el hogar, el divorcio de los padres, problemas de uso de sustancias de mamá o papá, encarcelamiento, problemas económicos, discusiones, peleas y la falta de cuidado afectan al menor durante su crianza.

De igual forma, los problemas escolares, sea por dificultades de aprendizaje o disciplinarios, llamadas de atención de carácter humillante por parte de padres, madres, tutores, maestros o cualquier figura significativa, sea en público o en privado. De hecho, cada una de éstas, en conjunto o separadas, podría contribuir a aumentar el riesgo de suicidio.

Por eso, es bien importante que los padres, tutores, familiares y personal escolar a estén muy atentos al comportamiento de los niños, de manera que se identifique a tiempo cualquier señal de peligro que eventualmente pueda redundar en un acto de suicidio por parte del menor. Es vital identificar a tiempo en el menor señales básicas de peligro tales como cambios en hábitos de comer o dormir, notas deficientes y poco interés en el trabajo escolar.

También, incapacidad para concentrarse, cambios súbitos en el estado de ánimo y baja autoestima, repartir objetos muy queridos y obsesión con la muerte, pérdida o ausencia de amigos o seres significativos, miedo a la separación, así como cambios en la personalidad.

No permitamos que situaciones como la de Carlitos terminen en una tragedia familiar. Recordemos que hay niños que por falta de conocimiento e inmadurez creen que la muerte es una continuidad de la vida o que es un estado parecido al sueño, del cual pueden despertar en algún momento.

Por tanto, si el padre, la madre, el tutor o el personal escolar nota cambios abruptos en el menor debe buscar ayuda inmediata para manejar la situación y evitar conductas suicidas. En ASSMCA contamos con el Área de Servicios de Tratamiento para Niños y Adolescentes donde pueden encontrar dicha ayuda.

FUENTE: El Nuevo Día